Círculos concéntricos
Gaspar Aguirre no recordaba exactamente en qué libro leyó una teoría semejante. Quizás la oyó en una de las tantas noches de alcohol y asados que vivió en plena época de esplendor universitario-juvenil. O puede que se la haya contado su abuelo en el hospital, días antes de su trágica muerte. Círculos concéntricos. Un lugar, exclusivo o sin mayores privilegios de confianza, para cada uno de las vidas que pululan cerca de cada persona.
De lo que sí estaba seguro Gaspar, era que cuando oyó y/o leyó semejante postulado, no le quedó del todo claro el lugar que ocupaban las parejas. Los amores de infancia o del colegio. Las chicas que fueron sus novias en la universidad. Las tipas con las que salió más de una vez cuando comenzó a ganar sus primeros sueldos. ¿Dónde diantres estaban ubicadas en esa escala interactiva? ¿Quedaban fuera una vez que la relación se cortaba? Si habían alcanzado una ubicación en el primer círculo, ¿era posible que el cordón que daba nombre a la relación se cortara para siempre?
El reloj marcaba pasadas las 11 de la mañana. El café se había entibiado y ya no quedaban más personas en el comedor de la hostal donde Gaspar estaba alojando. Su marraqueta con palta estaba a la mitad y sus pies se habían congelado nuevamente. Fue esa gélida sensación la que lo trajo de vuelta a la realidad. Su concentración seguía fija en el mismo párrafo del matutino que tenía entre las manos. Aquello era un signo de que, una vez más, su imaginación se había arrancado del corral para dar rienda suelta a sus acostumbradas cavilaciones. 'Tormentas matinales' le gustaba llamarlas. Aquellos instantes en que creía pensar en nada importante, pero que en definitiva, no eran más que insistentes cortos visuales que rebanaban su cabeza y la bombardeaban de recuerdos precisos, anécdotas difusas y toneladas de dudas.
Un salcoche de colores y formas que habían sido pan de cada día en Gaspar desde que, recordaba, tenía uso de razón. Precisamente, aquellos flashbacks (o flashfordwards) llenos de información inútil, eran el mejor contrapeso que tenía para enfrentar ciertas inseguridades que eran marca registrada en su personalidad. Pero además, de estos periodos de ensimismamiento, Gaspar siempre rescataba algo útil que terminaba plasmado en su libreta de ideas. Tras ello, lo normal era buscar alguna canción y dejarla descargando en su laptop. O bien, ese párrafo sin sentido y aparentemente huérfano, podía ser un perfecto caldo de cultivo para nutrir, posteriormente, algunas necesidades en su trabajo.
Abogado de profesión, Gaspar Aguirre había abandonado tempranamente el ejercicio leguleyo. Sus sospechas en la etapa del exámen de grado se hicieron carne tras un par de años de trabajo: los párrafos recitados de memoria, la interpretación de códigos y el jugarse la vida en una sala intentando justificar vidas y causas perdidas, le provocaban más rechazo que encendida pasión. Por ello, el llamado de Cristian Monsalve, un viejo conocido de su tío Víctor, fue el momento que le permitió anotar un importante punto de inflexión en su vida.
Tras ese llamado, y merced a su natural habilidad para redactar y llevar al papel una amplia gama de ideas inspiradas, Gaspar se convirtió en una pequeña estrella en el holding de comunicaciones 'Esfera'. Revistas para diversos targets, estaciones de radio, sitios webs, campañas publicitarias y un largo etcétera que tenía a su cargo la empresa, llevaban en sí el aporte de Gaspar. Crear de la nada, y sin apuro, un sinfín de 'ideas fuerza' era una capacidad que ni él mismo sabía de dónde provenía. Al cabo daba lo mismo: gracias a ello tenía trabajo y un buen pasar.
Ese talento, precisamente, le permitía ahora darse el pequeño gusto de desconectarse de la ciudad capital que albergaba a su empresa y descansar. 'Esfera' sabía precisamente que una de sus mentes brillantes funcionaba mejor con la energía al tope, por lo que siempre lo monitoreaban para detectar en él algún desgaste y así coordinar el descanso suficiente. A razón de esto, se encontraba ahora, desde hacía dos días, alojado en una pequeña hostal de la pequeña ciudad puerto del norte de Chile donde había nacido.
Su familia materna ya había migrado de allí, por lo que la razón de volver allá obedecía simplemente al deseo de reconexión con las calles y lugares que habían forjado su personalidad en la niñez y juventud. Precisamente, la pequeña hostal que lo alojaba ahora, había funcionado en tiempos primigenios como oficina de correo de su ciudad. Ese pequeño terruño que antaño había significado para Gaspar libertad, calor de hogar, primeros lazos, y, era que no, lugar de los primeros besos y temblores a causa de entidades femeninas.
Él y el sexo opuesto. Un manantial de tirantez, mala suerte y decisiones fallidas, que habían redundado en Paz Briceño, su actual mujer y madre del pequeño Moisés, su hijo de 7 años. Ambos estaban ahora a varios kilómetros de allí mientras su marido-papá buscaba descanso mental en la zona norte del país. Paz se sorprendió cuando Gaspar le comentó la idea, pues sabiendo de las toneladas de dinero que podía darle la empresa para fines de viáticos, resultaba un poco fuera de lugar cambiar los acostumbrados destinos en europa por un bucólico, y casi inexistente en el mapa, pueblucho nortino.
Paz amaba a Gaspar de una manera casi reverencial, pero no se caracterizaba por comprender del todo su cavilante forma de ser. A Gaspar la daba lo mismo, pues sabía que su personalidad no era como la de cualquier tipo promedio. Él la amaba también y punto. Nunca le había dado mayores vueltas a ese menester. Tras un historial de altos y bajos, detenerse a saber si la mujer que se había convertido en su esposa era o no el amor de su vida, era un apartado que no le provocaba mayor interés. Las cosas eran así porque eran, nada más.
Pensar en Paz ahora, con semejante vista al mar desde la ventana del comedor de su hostal, era casi imposible. Gaspar había decidido volver a la ciudad de infancia no para cuestionarse su pasado, ni menos su presente. Sólo quería satisfacer algunas dudas sobre cuánto pueden cambiar las ciudades de origen tras dejarlas, supuestamente, para siempre. Veinticinco años, pensaba, no eran un tiempo menor. Y ahora estaba allí para corroborar con sus cinco sentidos si el molde y el interior de su primera metrópolis habían mutado o no.
Finalmente, no terminó de leer el diario y dejó intacto su sandwich. Acabó su helado café y le dio algunas sorbetedas a su jugo de naranjas mientras le hacía señas al mozo para que le retirara la vajilla. Ya llevaba muchos minutos, quizás demasiados, pensando en esa loca teoría de nexos sociales y era mejor no seguir perdiendo el tiempo. En invierno, la noche y el frío caían más temprano en la ciudad, por lo que resultaba prudente salir a recorrerla prontamente.
Una vez fuera del hostal, y ya enfilando por la céntrica avenida La Unión, Gaspar comenzó a mirar los rostros que se ubicaban tras los mostradores y mesones del pequeño comercio céntrico. Obviamente las caras de esas personas no eran las mismas de décadas atrás, pero sin embargo, alcanzaba a advertir ciertas similitudes con sus antiguos dueños. La tradición familiar de continuar los negocios, al parecer, eran un sello que se mantenía aquí y en las grandes ciudades.
No buscaba algo ni a alguien en particular, pues la modernidad de los tiempos ya era tal, que un sólo click bastaba para arrojar en la red sábanas y sábanas de prontuario actual de aquellos nombres que había dejado de ver hacía muchos días. La penetración de las redes sociales cibernéticas hacían casi imposible la vida en el anonimato. Por ello, estar de regreso en su ciudad de origen, y a sabiendas de que al igual que él, un altísimo porcentaje de sus habitantes se habían ido, le daban a Gaspar la gran seguridad de que nunca se encontraría con algún conocido.
No toparse con nadie que supiera quien era él. Una placentera sensación que llevaba años incubando. La mundana vida que llevaba lo habían agotado de 'holas', 'como estás' y todo el largo etcétera de frases hechas de la correcta educación. Por ello, avanzar en medio de aceras que no contaban con rostros 'familiares', le otorgaba la extraña sensación de un fantasma invisible que aplanaba aceras sin rendirle cuentas a nadie.
Acá si sentía la libertad de no responder miradas ni entregar apretones de mano ni besos a diestra y siniestra. En su viejo pueblo, con recambio de habitantes incluido, Gaspar Aguirre sentía el gigantesco alivio de saber que en los próximos 5 días, las principales conversaciones se entablarían entre él y su misma cabeza.
Así transcurrieron los primero 4 días de su reencuentro con la pequeña ciudad que lo vio nacer. Siestas, lecturas de viejos libros que no había terminado en la capital y constantes paseos por los diversos rincones del pueblo, configuraban una placenteria rutina circular. Quizá cuánto tiempo había pasado desde que la rutina no le provocaba placer. ¿Una década entera?. Quizás, se respondió silenciosamente.
Y fue así como en una nueva mañana de desayuno y lectura de diarios en su habitual rincón del comedor de la hostal, que Gaspar advirtió un detalle no menos importante de su periodo de descanso: desde que había enfilado rumbo a al norte, no había intercambiado palabra alguna con otra persona. Su lengua se hallaba en estado de absoluto reposo durante los últimos días, cumpliendo su mínima función para los procesos de digestión de alimentos. Todas las conversaciones, intercambios de ideas, preguntas y respuestas, habían tenido como interlocutores a él y su propia voz interna. Tal como se lo había imaginado.
No había nada en exceso premeditado, pero no podía hacer mucho frente al mutismo del personal y los demás pasajeros del hostal. Además, no conocía a nadie cuando salía a la calle. Ni tampoco se le antojaba romper los moldes de saludos y despedidas simples, o bien, de los escuetos agradecimientos cuando recibía su vuelto en el kiosco de la esquina o en el pequeño supermecado del pueblo.
Convertirse en un ente que no entablaba comunicación con nadie, era una situación que lisa y llanamente se daba y que disfrutaba con inusitado interés. Todo diálogo, hasta ahora, se daba solamente entre él y sus locas ensoñaciones. Tal como la que lo invadía ahora. Aunque en esta ocasión, estaba seguro que la reflexión que frenaba su atención la había leído en un cuento por ahí. Se trataba de los seres humanos y sus nexos con las ciudades, en cuanto a qué tan bien o mal podía hacerle una urbe a un hombre. Según le indicaba su memoria, la frase decía que para calificar a las ciudades, no había que medirlas en cuanto a lo que daba,n sino a lo que no quitaban.
Al respecto, Gaspar sentía, mientras realizaba el enésimo recorrido por la vieja caleta de pescadores del pueblo, que resultaba muy difícil comprender el fin práctico de la teoría. La ciudad donde estaba radicado ahora le daba un trabajo, un hogar, salud, de vez en cuando entretención y etc. ¿Cómo encontrar lo que le quitaba? Una búsqueda algo innecesaria, pensó, mientras se sentaba cerca del muelle donde los botes descargaban los frutos de sus travesías mar adentro. Así también, el mismo lugar que hoy recorría en busca de descanso, le había dado lo que a cualquier ser humano tenía en su infancia. ¿Alguna perdida? Ninguna, se respondió para sí con cierto aire de seguridad.
Esa seguridad mutó a cierto grado de incertidumbre cuando, tras releer de casualidad una noticia en el diario, advirtió un nombre y un rostro familiar. Consuelo Garcés, su vecina y compañera de todo el colegio, figuraba allí como la profesora destacada del pueblo que viajaría becada a Francia producto de su destacado desempeño docente. Su pelo y la forma de su cuerpo habían cambiado notoriamente, pero no así su sonrisa. Aquél destello blanco y luminoso permanecia perenne y abosoluto en su rostro. Aquella sonrisa que lo cegaba de admiración 25 años atrás, estaba allí, de regreso, enmarcada en una foto blanco y negro del matutino de su viejo pueblo.
Un extraño calor recorrió de arriba a abajo sus entrañas. Más bien, fue un ardor que lo incendió por dentro y que terminó redundando en las puntas de sus dedos. 25 años habían pasado, pero lo que había en esa foto en blanco y negro, allí en el medio del diario, era un signo inequívoco de que algo había regresado. Precisamente, ese algo gatilló en su cabeza una especie de deber, que ni él mismo conocía en su objetivo.
Finalmente, y una vez acabada esa rara sensación de calor interno, Gaspar subrayó el nombre de Consuelo en el matutino y enfiló de regreso hacia el hostal. La noche ya caía y se mezclaba con los últimos estertores del atardecer, configurando esa acuarela rojiza y ardiente que dura sólo algunos minutos en el horizonte, pero que igualmente, es objeto cliché de cientos de enamorados en el mundo. Gaspar quitó su vista del habitual espectáculo natural y pensó. Ella está acá, se dijo, y apuró su paso de regreso.
Al amanecer del otro día, Gaspar advirtió que casi no había pegado un ojo durante la noche. La imagen rojiza de la tarde se había quedado enquistada en su retina y lo había hecho imaginar. Más exactamente, rebobinar hacia décadas pasadas en que su abdomen no estaba tan abultado y su cabello era totalmente negro. En ese tiempo, Consuelo Garcés también era distinta. Más delgada y con toda la energía para sortear con éxito todas sus ocupaciones de chica exitosa: presidenta del centro de alumnos, reportera del diario escolar y campeona regional de atletismo. La alumna brillante y más admirada del colegio. Y también la más deseada y el sueño húmedo de varios representantes de Adán a la redonda. Era que no, Gaspar también sentía cosas inevitables en su interior para Consuelo.
Consuelo, sin embargo, veía en Gaspar sólo a un compañero infatigable que estaba allí para ella cuando siempre lo necesitase. Aunque sabía de su éxito con con el sexo opuesto, Consuelo enfilaba sus ganas a ser la mejor en cada uno de los compromisos que libremente había adquirido. De hecho, sus máximas incursiones con algunos chicos de la ciudad, se limitaban a un par de besos y a inicios frustrados de relaciones que no pasaban de cierta amistad con ventaja. Testigo en primera fila de todas estas pequeñas historias era Gaspar. Tenía cierto privilegios de cercanía con Consuelo, pues no había persona en el mundo en quien confiara más que no fuera él. Pese a esto, tal grado de conexión nunca fue suficiente para que Consuelo mirase a Gaspar de otra forma. Aunque pusiese todo el empeño del mundo, cualquier intentona de algo más estaba destinada al fracaso. El 'querer es poder' que le inculcaba su hermano mayor cuando joven, no tenía asidero en la galaxia donde brillaba Consuelo.
Ella en una galaxia, y él pegado a la superficie terrestre. Quizás era más la distancia, pero así se sentía Gaspar 25 años atrás. Las promesas de contacto permanente cuando cada uno ingresó a distintas universidades se diluyeron con inusitada fuerza. Gaspar alcanzó a enviarle una carta. Misiva que nunca tuvo respuesta y que se quedó amontonada junto al resto de poesías, canciones y compilaciones en cassettes que nunca se atrevió a entregarle. Conirmar en un 'no' la indiferencia de Consuelo respecto a él, era un escenario que le provocaba demasiado terror. A razón de ello, sus mudos intentos de conquista se clausuraran bajo siete llaves por muchos años.
Gaspar puso término a todas estas imágenes mentales y se puso de pie para meterse a la ducha. Ya era suficiente de tanto pensamiento inútil, se dijo. Sólo le quedaba esa tarde de estadía en el pueblo y quería disfrutarla al máximo. Traer de regreso ciertas cuentas pendientes, pensó, no tenían razón de ser en su presente. Lo que había sido, había sido. Tomó el diario donde estaba la foto de Consuelo, lo arrugó y lo arrojó al papelero. Continuar invicto, en cuanto a no entablar comunicación con nadie, era lo mejor que le podía pasar en las horas siguientes.
A diferencia de otros día, la noche cayó de súbito sobre el cielo del pueblo. Gaspar se sorprendió de esto mientras demabulaba sin rumbo fijo por la calle cercana al pequeño embarcadero, que además, daba con el estrecho rodoviario. Su bus tenía hora de salida para las 12 de la noche. Escasas cuatro horas y estaría en su asiento de regreso a casa. Aunque ya tenía todo chequeado, no pudo con cierto impulso obsesivo y enderezó su ruta a la agencia para preguntar por el número de máquina y su hora de llegada exacta al terminal.
Hacía frío a esa hora, sensación términa que se veía aumentada debido a la ausencia de techo y a la cercanía con el mar del lugar. Gaspar subió el cierre de su chaqueta hasta el cuello y enfiló rumbo a la agencia. Dos personas yacían delante de él, por lo que pacientemente esperó su turno en la fila. Al cabo de unos 5 minutos, y ya estando frente a la ventanilla, el ardor del otro día regresó con todo para quemarlo por dentro. A menos de un metro a la derecha, y haciendo consultas en la ventana contigua, estaba Consuelo Garcés. La quemazón en el interior de Gaspar comenzó a redundar también en finas gotas de sudor que bajaban por detrás de sus orejas. Su rodilla izquierda temblaba, mientras su cabeza lo traicionaba y lo hacía recordar, con potente exactitud aquella vez en que Consuelo le dijo, con casi maternal actitud, que no había en el mundo un amigo como él.
Con dificultad sacó el habla, pero al menos le alcanzó para preguntar al vendedor de pasajes por la llegada de su bus. Tras esa acción, en cuestión de segundos, dio media vuelta y caminó del lugar, sintiéndose tonto e infantil por su imberbe comportamiento. Tras avanzar varios metros, y ya en las cercanías de la puerta de salida, se dio vuelta para observar. Consuelo guardaba en su cartera los pasajes que seguramente acaba de comprar. Quizás ya emprendía la primera etapa de su viaje a Francia, pensó en voz alta, tras recordar lo leído en el periódico local.
Una vez cruzado el umbral de la puerta, Gaspar Aguirre, el hombre que había estado unos días de vacaciones en su pequeña ciudad de infancia, se sintió inusitadamente inferior y acongojado. Recordó la tarde en que vio la foto en el diario. Recordó aquella teoría acerca de lo que las ciudades no quitaban a las personas. Recordó su aparente vida tranquila y familiar. Imaginó a Paz y Moisés sentados en el comedor de su casa esperándolo llegar. Se vio llegando con una sonrisa falsa mientras contaba que su viaje no había tenido mayor novedad. Recordó a Consuelo en el pasado y en el presente. Recordó... por fin pudo recordar; lo que le había arrebatado la urbe de su infancia tenía nombre y apellido: Consuelo Garcés.
El ardor de interno otra vez llegaba a sus falanges. Su transpiración aumentaba, mientras mil pensamientos bombardeaban sin tregua su cabeza. Decidió caminar de regreso a la hostal, en medio de una brisa fría que aumentaba su magnitud hasta casi convertirse en viento. Las 6 cuadras que lo separaban de su lugar de hospedaje estaba extrañamente calmas y oscuras, pues el alumbrado público presentaba cierta falta de energía en ese trecho de camino. Apuró su paso con la cabeza gacha. Pero justo cuando casi llegaba a la esquina, el destino , otra vez, le propinaba un golpe seco en el rostro. Consuelo apareció subitamente, caminando en otra dirección. Y como si fuera un títere que ya no tenía razón de ser, Gaspar decidió seguirla.
La ruta de Consuelo, al parecer, tenía como fin llegar al centro atravesando el mercado. De seguro, no imaginaba que detrás de ella, a escasos y sigilosos pasos de distancia, un ex compañero de colegio lo seguía con inusual entusiasmo. Tal vez, le iba a resultar imposible recordar quién diablos era ese tipo. 25 años no habían pasado en vano.
Metros más atrás, Gaspar ya no imaginaba ni su hogar ni el regreso a casa. Su mente yacía pegada en el pasado, navegando entre las decenas de cartas sin entregar a Consuelo y sus múltiples promesas de cariño eterno. El ardor interno era ya un fuego que incendiaba sus extremidades y que bombeaba como un fuelle hacia su cabeza y su vista, que no se despegaba del andar desprevenido de su ex amiga de infancia.
Cuando faltaba una cuadra para el primer puesto del mercado, Consuelo se detuvo a buscar algo en su cartera. Quizás la llamaban por teléfono. Quizás buscaba algún cigarrro. Quizás nunca se percató que el hombre que había acosado durante los últimos minutos cada una de sus huellas, le susurraba algo que nunca alcanzó a comprender bien del todo. A esas alturas, ya era un poco tarde, pues su vista se nublaba hasta sólo distinguir diminutos destellos.
Gaspar, en tanto, sintiendo la quemazón interna en su máximo peak, comenzaba a subir el tono de su voz mientras apretaba con mayor fuerza el cuello de su ex compañera, que hacía solo unos días había visto nuevamente en el diario. Apretaba y apretaba, concentrando todo su ardor en sus muñecas y manos. Su voz volvía a subir de volumen...
¿Sabes algo de los círculos concéntricos y la vida social Consuelo...? Qué vas a saber. Tú nunca... nunca estuviste en los míos. En ninguno de los tres. Nunca fuiste nada importante. No me mires así. ¡Cierra los ojos de una vez mierda!
Gaspar Aguirre respiró hondo y comenzó a caminar. Mientras apuraba el paso, advirtió que el infierno de su interior comenzaba a amainar. Se dio cuenta también que, sin quererlo, había vuelto a hablar con alguien. De aquí en adelante, dejando atrás el cuerpo inerte de su interlocutora sobre el piso, las cosas podrían cambiar; pensó. Imaginó el calor de su hogar y a Paz y Moisés felices de volver a verlo. Una gran sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras pensaba en su viaje de regreso. Sus círculos concéntricos acababan de ajustarse en la ciudad, que ahora sí, ya no le debía nada.
Etiquetas: agosto, Cuentos 2010, ficción, invierno, Pedro Araya Alfaro, young_supersonic


3 Comentarios:
jajaja quedé plop al final...esas teorías de sociabilidad de dónde salen???, no parecen del todo locas...saludos
en qué círculo de la vida del autor quedamos todos los lectores del blog??
hay muchas cosas que se parecen a la vida real........
por eso atrae mucho.
cuidate
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